Gracias, Robe
Si me preguntaran por un dogma, sin duda diría que en la vida hay que abrir los brazos, la mente y repartirse. Repartir amores, lágrimas y sonrisas. Y amar, amar mucho, que eso ensancha el alma. Vivimos a contrarreloj y en diferido, sin ser, ni oír, ni dar. Nuestro día a día se parece peligrosamente a un camino empedrado de horas, minutos y segundos, como autómatas, sin surfear conscientemente ninguno de esos tic tac del reloj. Qué utopía, ¿no? Si siempre hay que estar que si la lavadora que si la cena. Aun teniéndolo todo, ese “todo” llamado (y cantado) salud, dinero y amor, no estamos conformes. Como un pez, viviendo bajo el agua y muriéndose de sed. Tal vez el problema es que lo tenemos todo sin tenernos a nosotros mismos o, al menos, sin respetarnos, pasando por encima de lo que de verdad somos, de lo que de verdad queremos. De pequeños nos imponen las costumbres, nos educan para ser mujeres y hombres adinerados. Alg...